El pasado 20 de Junio se aplicó por primera vez una de las nuevas reglas dictadas por FIFA para este Mundial. Reglas a las que paulatinamente nos hemos ido acostumbrando y, en algunos casos, sin esfuerzo. Día a día vemos con buenos ojos muchas de estas innovaciones reglamentarias.
Así, los 5 segundos para sacar un lateral o un saque de arco, han dinamizado el juego y evitado que se pueda hacer tiempo en jugadas en las que antes se hacía toda una ceremonia si el equipo que debía poner en juego el balón estaba en ese momento consiguiendo un resultado favorable. Lo mismo respecto a los jugadores caídos o falsamente lesionados; los cuales se ven amenazados con dejar a su equipo con un hombre menos por un minuto en caso que los hagan salir del campo de juego o reciban atención médica. ¿O quién no ha entrenado ya su vejiga para que las ganas de ir al baño coincidan con la “pausa de hidratación” para los jugadores y de deshidratación para los espectadores? Ni hablar de hacerse un cafecito, o calentarse la comida en el microondas en esos 2 o 3 minutos en que las publicidades reemplazan a los 23 que están adentro de la cancha.
Pero lo que pasó en Turquía vs Paraguay inauguró una nueva era: el paraguayo Almirón fue expulsado con roja directa por taparse la boca para hablarle a un rival. Durante los últimos años los jugadores de fútbol se habían acostumbrado a hablar con rivales, compañeros y neutrales, bajo el halo protector de la mano que tapa la boca. Este hábito surgió cuando desde las trasmisiones televisivas expertos y legos comenzaron a leer los labios de los jugadores; y sea que lo que detectaran fuera un insulto, una chicana o simplemente una receta de cocina que le pasaba el 9 de un equipo al defensor central del otro, muchas veces esa lectura de labios terminaba en la condena social y/o deportiva para el jugador hablante. Lo que terminó ocurriendo fue que todos los jugadores pasaron a taparse la boca para decir cualquier cosa.
La gota que rebalsó el vaso fue lo que ocurrió con el jugador argentino Prestiani, quien se tapó la boca en una discusión con el brasilero Vinicius en un partido de Champions League; y este último lo acusó de comentarios racistas. A Prestiani lo terminaron condenando con varias fechas de suspensión al defenderse de la acusación alegando que no lo había discriminado por su color de piel, sino por su elección sexual. “No le dije mono, le dije trolo”. Pero como no se vio ni se oyó lo que realmente dijo Prestiani, la FIFA tuvo que tomar cartas en el asunto.
A partir de este Mundial está prohibido taparse la boca para hablar con un rival, no así para dirigirse a un compañero o a las autoridades del partido. La FIFA da por sentado que si uno se tapa la boca al hablar con un contrario, lo está insultando o discriminando; no hace falta prueba en contrario y tal acción conlleva la sanción para nosotros excesiva de “roja directa”. Hay presunción de culpabilidad. Por el contrario, si uno se dirige a un compañero la FIFA supone que le está recordando una jugada preparada, preguntado por la familia, o pasando la clave de Banelco.
Desde esta humilde columna advertimos que la FIFA está discriminado en favor de los ventrílocuos; quienes se verían favorecidos pudiendo decir cualquier cosa mientras no sea escuchada por los réferis, sin tener que taparse la boca. Quien domine el arte ancestral de la ventriloquía, sacara una ventaja al poder decirle cualquier barbaridad a un rival. ¿Recomendamos a los jugadores ponerse a estudiar y/o entrenar tal habilidad? Sí, sin dudas, pero ¿qué sigue? ¿Estamos preparados para ver al Dibu con un títere de la Rana René en lugar de su par de guantes de arquero? ¿Se vienen los mensajes que se autodestruyen a los 10 segundos como en Misión Imposible? ¿Y luego? ¿Los jugadores pasarán a comunicarse por telepatía para que nadie se entere de lo que dicen? ¿O jugarán con barbijo?
El futuro nos espera ahí agazapado y no sabemos bien que nos quiere decir, pero al parecer se ríe del presente que ya no puede taparse la boca para contarnos nada.