Apenas transcurrido el Día Nacional de la Adopción, Griselda Moreno, madre adoptante y referente de grupos de apoyo en La Plata, analiza la caída del 80% en inscriptos habilitados para adoptar desde 2017. Denuncia la romantización de la adopción como obstáculo y recuerda que los niños llegan con historias de vulneración grave de derechos que requieren reparación, no idealización.
El martes 15 de septiembre se conmemoró el Día Nacional de la Adopción en Argentina, fecha establecida por la sanción de la Ley 13.252 en 1948. Sin embargo, lejos de ser solo una efeméride, la jornada sirvió para visibilizar una emergencia social silenciosa: hoy hay solo 1.107 personas o parejas inscritas y habilitadas para adoptar en todo el país, una cifra alarmante si se compara con las 5.500 existentes en 2017. Es decir, la disponibilidad bajó un 80% mientras aumentaba el número de niñas, niños y adolescentes esperando hogar.
Para comprender la dimensión humana detrás de estas estadísticas, desde Radio La Leñera conversamos con Griselda Moreno, mendocina radicada en La Plata, madre adoptante desde hace diez años y coordinadora histórica del grupo Adoptarte La Plata. Su testimonio desarma mitos y pone el eje donde debe estar: el derecho del niño a vivir en familia.
El espejo roto de la sociedad
Griselda comienza su análisis señalando que la adopción es “la cristalización de muchos fracasos previos”, tanto del mundo adulto como de la infancia. No es una opción caprichosa ni una segunda alternativa biológica, sino el resultado de procesos judiciales complejos donde el Estado debió agotar instancias para garantizar que ese niño pudiera crecer en su familia de origen, su derecho primario.
“Cuando dos mundos se juntan —adultos buscando ser padres y niños necesitando familia— es una llegada donde deben atravesar duelos, situaciones adversas y encontrar ahí un vínculo amoroso”, reflexiona.
Sin embargo, advierte sobre un cambio cultural profundo: la individualidad extrema. “La cuestión actual vive proyectos muy personales, muy individuales. Y me parece que la adopción tiene que ver con pensar en un otro primero más que en uno”.
La trampa de la “romantización”
Uno de los puntos más críticos que aborda Griselda es la romantización de la adopción. Este mito instala expectativas irreales sobre la “familia ideal” y funciona como barrera para quienes luego chocan con la realidad.
“No es necesariamente lo que uno imagina. Hay situaciones muy duras; los niños han pasado cosas difíciles. Que no estén con su familia biológica y haya una sentencia firme de adoptabilidad significa que hubo una corroboración de vulneración de derechos graves”, subraya.
Estos niños traen consigo estrategias de supervivencia conductual: pueden romper objetos, negarse a comer o rechazar afecto porque “el mundo adulto les falló antes”. La tarea de la familia adoptiva no es imponer normalidad, sino ofrecer reparación.
“Esa situación a veces ocurre con la maternidad/paternidad biológica, pero llega a conciencia muchísimos años después. En la adopción, vos ya tenés claro que ese ser es un otro diferente a vos, con sus particularidades e individualidades, y vas a acompañar un proceso de crianza desde el aprendizaje constante”.

Datos duros: el abismo entre oferta y demanda
Las cifras revelan una desconexión estructural. Históricamente, la mayoría de los postulantes se inscriben para recibir bebés. A partir de los 5 años, el interés cae drásticamente, y es mínimo para adolescentes o grupos numerosos de hermanos. Esto deja fuera a un porcentaje elevado de chicos mayores de 16-17 años que están próximos a egresar de dispositivos de acogida sin haber tenido nunca una familia.
Ante esta escasez de inscriptos compatibles, el sistema judicial recurre cada vez más a las convocatorias públicas. Griselda recomienda seguir portales especializados como Ser Familia por Adopción para informarse seriamente, alejándose de la sensiblería mediática.
“Mirá que yo ya tuve otras mamás”: la sabiduría infantil
Griselda comparte una anécdota fundacional de su propia experiencia que ilustra la madurez forzada de estos niños. Cuando conoció a Caro, su hija (entonces de seis años), durante los primeros encuentros en la plaza, ella le tomó la mano para cruzar la calle. Griselda, emocionada, pensó: “Es la primera vez que le estoy tomando la mano a la que va a ser mi hija”.
Caro la miró y le dijo: “Mirá que yo ya tuve otras mamás, eh”.
“En esa frase condensaba: ‘Esto puede no funcionar’. Ella tenía certezas de algo muy duro que yo todavía no. Me situó diciendo: ‘La que se tiene que poner las pilas acá sos vos’, porque ella ya sabe que el mundo adulto puede fallar”.
Esta frase marcó el inicio de un camino de autoconocimiento para Griselda. Entendió que debía revisar su propia biografía, sanar heridas y construir desde la firmeza consciente, no desde la imposición automática de patrones heredados.
Una invitación a animarse
A pesar del panorama crítico, el mensaje final de Griselda es esperanzador y directo: Que se animen.
“Que los miedos no inmovilicen, sino que motoricen búsquedas nuevas. La inscripción es sumamente sencilla; lo trabajoso es el campo simbólico y real para brindar herramientas a un niño que necesita”, explica.
Subraya que somos “proyectos puestos a disposición”: nuestra casa, nuestras manos, nuestro afecto. En un mundo hiperindividualista, abrirse a acoger a otro es un acto revolucionario de humanidad.
“Hay niños que necesitan ya, hoy, una familia. Quizás quien está escuchando tenga la posibilidad de hacerlo. Ahí es donde se produce la magia del encuentro maravilloso de querer formar una familia”, concluye.
La adopción, insiste Griselda, culmina cuando uno elige conscientemente ese ser, y ese ser también nos elige. No hay vuelta atrás cuando asumimos la maternidad o paternidad desde el deseo genuino de trascender.
Puedes escuchar la entrevista completa a Griselda Moreno realizada por Radio La Leñera: