Especialistas aseguran que las lluvias recientes aportan poco volumen, generan problemas en los diques y no modifican el déficit estructural de agua en la provincia.
Las imágenes de aluviones ingresando a los diques sanjuaninos reavivaron debates y falsas certezas en redes sociales sobre el fin de la crisis hídrica. Para aportar claridad, Radio Comunitaria La Lechuza dialogó con el ingeniero Luis Jiménez, especialista en manejo del agua, quien explicó el impacto real de estas lluvias, sus límites y los problemas estructurales que siguen sin resolverse.
Jiménez comenzó aclarando que, sin datos actuales de escurrimiento, solo es posible analizar la situación a partir de los parámetros históricos utilizados para el diseño de los diques. En ese marco, recordó que el río San Juan tiene un caudal promedio anual de entre 55 y 56 m³ por segundo, lo que equivale a unos 4 hectómetros cúbicos diarios.
Las lluvias intensas, como las registradas en los últimos días, pueden generar crecidas importantes, pero su aporte es acotado. Una tormenta considerada “convencional”, del orden de 100 milímetros en pocas horas, podría sumar alrededor de 1 hectómetro cúbico, y eso en el mejor de los casos. Además, en cuencas montañosas una parte significativa del agua se infiltra, por lo que el volumen real que llega a los embalses puede reducirse a 0,5 o 0,7 hectómetros cúbicos.
“No es poca agua, pero tampoco es mucha”, sintetizó el especialista. En términos concretos, ese aporte representa alrededor del 15 % del volumen que el río transporta en un día, muy lejos de ser una solución al déficit hídrico acumulado durante décadas. “Pensar que con estas lluvias se terminó la sequía es falso”, afirmó.
Más allá del volumen, Jiménez advirtió sobre otro problema central: el barro y los sedimentos que arrastran las escorrentías. Estas corrientes ingresan a gran velocidad y transportan arena, arcilla, lodo y piedras, lo que provoca el entarquinamiento de los embalses, reduce su volumen útil y genera corrientes de densidad que afectan el funcionamiento de válvulas y compuertas.
Este fenómeno también trae consecuencias aguas abajo. “El agua con alto contenido de sólidos genera serias complicaciones para el sistema de agua potable”, explicó, especialmente en las tomas que abastecen a las plantas potabilizadoras.
Para Jiménez, el problema de fondo no es la lluvia, sino la falta de una estrategia integral para aprovechar las escorrentías. En lugar de pensar solo en defensas para evitar daños, planteó la posibilidad de reducir la velocidad del agua, generar lagunas temporales y recargar acuíferos, una práctica común en otras regiones del mundo.
“Eso se podría hacer en Valle Fértil, Calingasta, Iglesia, Pedernal y muchas otras zonas”, señaló. Sin embargo, recordó que la legislación actual eliminó los llamados derechos accidentales, que permitían aprovechar las crecidas, y que hoy el sistema no incentiva ese tipo de usos.
Según el especialista, esta situación responde a una mirada parcial sobre el agua, dominada por la lógica del oasis productivo. “San Juan es un desierto de 96 mil kilómetros cuadrados con tres oasis, pero la gestión del agua se pensó solo desde uno de ellos”, cuestionó.
Consultado sobre la gestión provincial, Jiménez consideró que, a dos años del inicio del gobierno de Marcelo Orrego, no hubo cambios sustanciales en los criterios de gobernanza del agua. “Hay reuniones, intentos y aportes técnicos, pero no se modificaron los comportamientos ni las decisiones de fondo”, afirmó.
Desde su perspectiva, mientras no haya un cambio profundo en la forma de gestionar el recurso, la crisis hídrica seguirá profundizándose, más allá de las lluvias ocasionales o de las imágenes virales de diques recibiendo aluviones.
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