El monte sabe. El algarrobo sabe. En el departamento 25 de Mayo, San Juan, cuando enero avanza y el calor aprieta, las vainas comienzan a caer y el tiempo se vuelve ceremonia. No es solo cosecha: es memoria, agradecimiento y continuidad. Como todos los años, la comunidad Pinkanta del pueblo Nación Huarpe se prepara para celebrar la recolección del algarrobo, una práctica ancestral que sigue latiendo en el presente.
Ya Umuk, integrante de la comunidad Pinkanta del pueblo Nación Huarpe, pueblo ancestral al Estado argentino, nos cuenta con voz serena. Su nombre no es casual: se lo dieron sus ancestras poco antes de partir. Ya Umuk significa hija del gran espíritu. Umuk es el gran espíritu, sin género, sin frontera. Un nombre que nombra una pertenencia profunda.
Pinkanta también es palabra con historia. Significa hermanas. La comunidad nace de las hermanas Suárez, hijas de Benicio Suárez y Concepción Díaz hija de Rosa Guaquinchay y José Díaz. De ahí se teje un entramado familiar y comunitario que hoy reúne a varias familias de un mismo núcleo, organizadas para sostener la vida en el territorio y defender una identidad que durante mucho tiempo fue negada.



La celebración se realiza cada año entre enero y febrero, meses en los que el algarrobo ofrece su fruto. “Es una práctica ancestral huarpe, pero también una práctica popular del campo”, explica. Durante generaciones, no solo los pueblos indígenas, sino también el sector popular rural, recogieron algarroba para sobrevivir, para alimentarse, para resistir las sequías y el olvido.
El algarrobo es una planta sagrada. No solo porque alimenta, sino porque enseña. “Es alimento y es medicina, convertido en arrope, sana. Hecho pan, patay, galleta, budín o alfajor, sostiene cuerpos y comunidades. Pero además, el algarrobo” da sin pedir. No exige riego ni poda. Está. Año tras año. Tiempo tras tiempo.







En torno a ese gesto de la naturaleza se construye la ceremonia. Un espacio comunitario de agradecimiento al gran espíritu, vivido desde una espiritualidad colectiva y abierta. “La celebración es para que la gente se acerque con respeto, conozca nuestras prácticas y entienda por qué son tan importantes para nosotros”, explica. El objetivo es claro: visibilizar, sostener y revalorizar una práctica que se niega a desaparecer.
Durante mucho tiempo, el cuidado del algarrobo fue responsabilidad casi exclusiva de los pueblos indígenas. Hoy algo está cambiando. “Hay más conciencia. Ya no somos solo nosotros los que lo protegemos”, reconoce. Ese gesto compartido tiene un valor profundo: habla de una relación distinta con la naturaleza, más respetuosa, más consciente, más comunitaria.
Nada de esto se hace en soledad. La organización comunitaria es el corazón de la celebración. Familias enteras trabajan juntas para preparar el encuentro. Y en ese camino, el acompañamiento institucional también fue clave. Desde la Municipalidad de 25 de Mayo, el apoyo llegó desde el inicio, cuando la comunidad propuso rescatar estas prácticas y fortalecer la identidad indígena. Este año, además, se dispuso un colectivo gratuito para facilitar el acceso. “Eso es enorme”, dice Ya Umuk, con el corazón lleno.
Los agradecimientos no son protocolares: son memoria del andar. Personas, trabajadores de prensa, funcionarios, vecinos y vecinas que estuvieron cuando todavía costaba ser vistos. “Lo que vivimos hoy es fruto de mucho caminar, de mucho pedir, de mucho golpear puertas”, dice. Puertas de ministerios, de espacios de cultura, de lugares donde durante años la voz indígena no entraba.
Hoy, ese reconocimiento empieza a llegar. Y no se trata solo de una fiesta. Se trata de ser parte. “Somos parte de la cultura de esta sociedad y no queremos estar afuera de la planificación social”, afirma. La comunidad Pinkanta quiere estar presente en las agendas culturales, en las políticas públicas, en las decisiones que se toman sobre el territorio. No como invitados, sino como protagonistas.





Pero la celebración también es espacio para decir lo que duele. El reclamo más urgente es el agua. “Sin agua no hay vida digna”, dice sin rodeos. La comunidad depende de la asistencia municipal, pero no alcanza. “Hay familias que no tienen recipientes suficientes y el agua se termina a los pocos días. Se comparte entre animales y personas. Se estira. Se raciona. Se sobrevive”.
“No estamos viviendo dignamente. Estamos sobreviviendo”, dice. Y en esa frase se condensa una realidad que no admite más postergaciones. El lucha principal es la realización de un acueducto que garantice el acceso al agua potable para todo el pueblo Huarpe. Un derecho básico que todavía no llega.
También sueñan con un centro cultural dentro de la comunidad. Un espacio para que las infancias y juventudes aprendan las sapiencias propias, las transmitan y las hagan crecer. Sueñan con autonomía, con sustentabilidad, con vivir de lo que aman y trabajar al servicio de la comunidad y de la sociedad entera.
La jornada será mucho más que una celebración. Habrá exposición de labores artesanales, con la participación de hermanos y hermanas indígenas de distintos pueblos. La música será protagonista, con artistas huarpes y locales que ponen su arte al servicio de la cultura viva. Y Ya Umuk presentará un libro: una leyenda sobre el algarrobo, nacida de experiencias reales, de momentos en los que ese fruto fue lo único que sostuvo la vida.
La Celebración Ancestral de la Recolección del Algarrobo organizada por la comunidad huarpe Pinkanta se realizará el sabádo 17 de enero del 2026, en el kilómetro 459 de la Ruta 20, en la localidad de Encón, departamento 25 de Mayo.La jornada comenzará a las 19 horas con la ceremonia ancestral indígena, y desde las 21 horas habrá actuaciones artísticas de Los Hermanos Aguirre, Somos Huella y A mi Canto Cuyo. Para facilitar la participación, habrá movilidad gratuita, con salida a las 19.30 horas desde la Plaza Santa Rosa de Lima, pasando posteriormente por Casuarinas y La Chimbera. Quienes deseen anotarse pueden comunicarse al 264 4407291.
La invitación es abierta a toda la comunidad para compartir una celebración que honra la naturaleza, la cultura viva y la memoria ancestral. “La invitación está abierta”, dice. A quienes quieran conocer, respetar, cuidar y resignificar estas prácticas ancestrales. Porque celebrar el algarrobo es celebrar la vida. Es recordar que, incluso en los momentos más duros, la tierra sigue ofreciendo. Y que en esas raíces profundas también puede estar el futuro.
