Darío Rosales, integrante del último circo mendocino itinerante, cuenta la historia de una familia que lleva alegría y cultura a cada rincón de la provincia.
Por estos días, Jocolí vuelve a sentir esa magia que sólo el circo puede traer. Las luces, la música, la carpa que se levanta en el terreno, los carteles que anuncian funciones y un aire de fiesta que se cuela entre las calles. Después de varios años sin visitas circenses, llega el Circo Berlín, un proyecto mendocino y familiar que conserva la tradición del espectáculo popular y el alma viajera de quienes viven del arte.
“Somos un circo social, cultural y familiar. Vamos por toda la provincia, a los lugares más pequeños, donde muchas veces la gente no tiene la posibilidad de viajar a ver un espectáculo grande”, cuenta Darío Rosales, parte esencial del grupo que recorre Mendoza con esta propuesta que combina humor, destrezas y ternura.
Para él, llegar a un pueblo es mucho más que clavar las estacas y levantar la carpa: es un acto de encuentro. “A veces nos dicen que hace años que no viene un circo por la zona, y eso nos emociona. Es una satisfacción poder estar cerca de las familias, llevarles alegría y que los chicos vivan esta experiencia”.
El Circo Berlín es hoy el único circo mendocino que mantiene viva la tradición itinerante. Con una troupe de unas diez personas, viajan de plaza en plaza, como ellos mismos llaman a cada predio donde se instalan, montan la carpa, ensayan y ofrecen su función. En promedio, un día y medio alcanza para que la magia cobre forma. “Cuando todo está listo y encendemos las luces, sentimos que valió la pena. Es mucho trabajo, pero también mucho amor”, dice Darío.
Un circo de historias y caminos
El espectáculo de Berlín conserva la esencia del circo tradicional: el payaso, el equilibrista, los malabaristas, los números de altura y esa cercanía que hace que cada función sea distinta. Pero también hay lugar para lo nuevo: personajes como Mickey, Plin Plin y el Capibara, que hoy despiertan el delirio de los más chicos. “Cuando el Capibara apareció por primera vez, los chicos gritaban y no entendíamos qué pasaba. Después vimos que era furor, todos lo conocían, lo llevaban en mochilas o muñecos”, cuenta entre risas.
El propio dueño del circo es parte de esa historia de superación que parece salida de una película. Fue malabarista callejero, trabajó en clubes y cines, y con esfuerzo fue armando su carpa hasta cumplir el sueño de tener su propio circo. “Él no venía del mundo circense, pero la vida lo fue llevando. De a poco se transformó en lo que siempre quiso ser” señala Darío.
Alegría al alcance de todos
Las funciones en Jocolí serán viernes, sábado y domingo a las 20:30, con entradas populares: $7.000 por persona adulta y un bono especial que permite que cada niño entre gratis acompañado de un mayor.
“Sabemos que la situación está difícil, por eso tratamos de mantener precios accesibles. Lo importante es que nadie se quede sin venir”, explica Darío. Las entradas se consiguen directamente en la boletería, unos minutos antes de cada función.
Además, Radio Tierra Campesina, sorteará entradas para las familias de la zona, gracias a la gentileza del circo. “Nos gusta compartir, traer un poco de alegría. Cada pueblo nos deja historias, amigos y un pedacito de corazón”, dice Darío antes de despedirse, con esa sonrisa que parece guardar la sabiduría de los caminos.
Porque más allá de la lona, los reflectores y los aplausos, el Circo Berlín sigue recordando que el arte también puede ser un acto de amor y resistencia. Y que en cada pueblo, en cada niño que se asombra al ver al payaso, late todavía el espíritu noble de un circo que se niega a desaparecer.
Compartimos la entrevista en el estudio de la radio con Dario Rosales: