Cabo Verde nunca había perdido un partido en la historia de los Mundiales. Su invicto del 100% de los encuentros disputados no alcanzó para ganarle a Argentina, a priori un rival fácil por estadística: Argentina, a diferencia de Cabo Verde, perdió el 27% de los partidos que jugó en Copa del Mundo.
El equipo africano, físico, fresco, directo, al que no pudieron doblegar los campeones del mundo Uruguay y España, corrió siempre de atrás contra una Argentina cansada, que jugó caminando, olvidadiza, sufriendo, que parecía obstinada con dejar fluir al destino como quien escucha un tango acodado en la barra de un bar en vez de salir a pelear por sus sueños. Cabo Verde jugó contra glorias en declive, físicamente inferiores, lentas, y con todo el planeta tierra de su lado. Y se le escapó.
Cabo Verde lo empató dos veces y no alcanzó el tiempo para empatarlo una vez más y forzar los penales, materia en la que sin ningún lugar a dudas hubiera triunfado. Pero los partidos se ganan en la cancha, no en el punto penal. El fracaso de Cabo Verde es tal que el primer partido que pierde en la historia de los Mundiales lo hace con un gol de un viejito, uno de un defensor medio progre y otro en contra y con la mano.
La historia dirá que Cabo Verde peleó, que Argentina pasó, pero no se puede tapar la realidad. En las islas ya se habla de fin de ciclo y de vergüenza. Argentina, por su parte, luego del 3 a 2 puede colgarse la medalla de ser el único equipo en la historia del fútbol que pudo doblegar al hasta ese momento invicto total.