Emil Lappen, la figura del Mundial

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Entramos a tiempos en los que hay que buscar la figura del Mundial. Desde nuestro punto de vista, en el Mundial de los Messi, los Mbappé, los Kane, los Haaland y los arqueros, hay que destacar a la figura menos esperada: el noruego Emil Lappen.

No es solo por hipsters o alternativos que destacamos a alguien que no figura en la tabla de goleadores, ni que es asistidor o dueño de atajadas memorables. Y es que el bueno de Lappen está haciendo un Mundial memorable, imponiendo su estilo frente a las hostilidades, contra todo y contra todos.

Emil Anners Lappen es noruego, pero no juega en la selección. Tampoco es un árbitro de esta copa. Emil es un simple hincha, que se atrevió a decir NO a los festejos de la remada vikinga que se han vuelto virales en esta Copa. Es que para Emil, que algo se vuelva viral no es positivo, como lo viene enseñando la medicina desde tiempos inmemoriales.

Noruega gana un partido. Enseguida la selección se sienta de cara a su hinchada y algún referente del equipo agarra un tambor gigante. Todos hacen silencio, emulando los fríos fiordos escandinavos. El jugador referente golpea dos veces el tambor para dar la señal, y la hinchada hace la mímica de remar. Enseguida el jugador vuelve a golpear el tambor, y los hinchas vuelven a remar. Y así mientras el festejo crece en velocidad mas no en gracia. El festejo del remo vikingo termina en un gran frenesí controlado. En el medio de la muchedumbre roja que se mueve al unísono, un hombre firme, inconmovible, imperturbable, se cruza de brazos y pierde su mirada en el horizonte. Enseguida las cámaras lo detectan, el ojo humano siente la anomalía. Hay un punto de esa tela humana en el que el tejido se rompe. Es Emil negándose a participar de esa fiesta para muchos.

Su argumento es tan real como cuestionable. Según Emil, los festejos incurren en un error histórico que no está dispuesto a perpetuar. “Los vikingos cruzaron el Atlántico navegando, no lo cruzaron remando”, afirma en entrevista a la cadena noruega NRK.

“Los vikingos cruzaron el Atlántico navegando, no lo cruzaron remando”, afirma Emil Lappen.

Emil agrega que la idea le parece estúpida desde el comienzo y por eso ha optado por una quietud exagerada, que a algunos recuerda a Gandhi o al hombre estatua de Lumumba. También nos plantea sus propios fantasmas: hasta dónde sostener una posición. Ahora no hay vuelta atrás, tiene que morir con las botas puestas (y quieto).

“Me quedo quieto de forma ostentosa cuando la gente empieza a remar. Tengo que defender mi opinión, y en el futuro tampoco habrá más discusiones. Si de repente empezara a remar ahora, se enterarían enseguida por televisión; una vez que empiezas, tienes que llegar hasta el final, creo”, añadió.

La decisión estoica de Emil nos enseña que cada gesto cuenta. Que lo que para algunos resulta inútil y ridículo, puede tener sentido. Emil, con su dignidad, pudo hacer escuchar su reclamo. Esta voz solitaria pero digna nos da esperanzas de que todo es posible. Al mismo tiempo, nos confunde porque nos dice que un acto individual puede arruinar un movimiento colectivo y por ende valer más. ¿Qué deberíamos creer, entonces? Por suerte, este es un problema de los noruegos. Hasta que toquen a nuestra puerta.