Kando Vargas: hacer música entre la pasión y la incertidumbre

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La cantante mendocina compartió su recorrido artístico, el valor de lo comunitario y las tensiones de sostener el arte como forma de vida.

En una mañana de «Entre mate y mate» en el vagón de radio comunitaria La Leñera, entre canciones y relatos, la voz de Kando Vargas dejó algo más que música: una historia atravesada por la formación, la decisión de apostar al arte y una fuerte raíz en lo colectivo.

“Es encontrarnos con amigues a través de la música y del arte”, resume la artista, que viene sosteniendo una agenda intensa de presentaciones y proyectos. Su llegada al espacio radial no fue casual: forma parte de un entramado cultural que crece en torno a clubes, bibliotecas y experiencias autogestivas en la montaña.

De la formación académica a la búsqueda propia

Vargas comenzó su camino en la infancia, dentro de la Escuela de Niños Cantores de Mendoza. Allí, dice, encontró su lugar en el mundo: “vi al coro y dije ‘necesito estar ahí’”. Esa experiencia marcó su desarrollo técnico y también su vínculo con el canto colectivo.

Con el tiempo, decidió correrse del ámbito más académico y explorar la música popular: “empecé con el canto lírico y después quise largar la voz hacia otro lado”. Hoy transita distintos proyectos que van desde el folklore latinoamericano hasta el jazz.

Vivir del arte, entre la pasión y la dificultad

Uno de los ejes más fuertes de su testimonio es la decisión de dedicarse plenamente a la música. “Largué mi trabajo tradicional y me vine con una amiga”, cuenta. Pero ese camino no está exento de dificultades: la inestabilidad económica y los costos de trasladarse condicionan la posibilidad de sostener la actividad.

“Subir y bajar (de la ciudad a la montaña) todos los días lo haría, pero es complicado económicamente”, explica. Aun así, insiste en que el deseo de cantar y compartir su música es más fuerte.

La comunidad como sostén

En su relato aparece de forma constante la importancia de los vínculos. Desde espacios culturales hasta compañeros de proyectos musicales, la red afectiva es clave para sostener el camino artístico.

“No sería nada sin toda la gente que me banca”, reconoce. Esa lógica también se refleja en experiencias colectivas como coros, bandas y circuitos autogestivos, donde el intercambio va más allá de lo económico.

En ese sentido, destaca el valor del canto grupal: “cuando cantás en coro se sincronizan hasta los latidos del corazón”. Para Vargas, el arte no es solo expresión individual sino construcción colectiva.

Entre dos mundos: escenario y territorio

La artista también pone en palabras una tensión habitual en quienes transitan el arte: el contraste entre la exposición mediática y la búsqueda de sentido.

“Siempre tuve esos dos mundos: el escenario grande y mi alma que me lleva al monte”, explica. En esa dualidad, encuentra un equilibrio en los espacios comunitarios, donde siente que la música recupera su valor más profundo. “Esto es lo más valioso que hay”, afirma sobre esos ámbitos donde el arte circula sin lógica de mercado.

El arte como derecho, no como privilegio

Durante la charla, Vargas cuestiona la idea de que el arte está reservado para unos pocos: “está muy instalado que solo los elegidos pueden cantar”. Frente a eso, propone pensar la música como una práctica accesible, que se construye con trabajo y entrenamiento.

“El talento se trabaja, es como un músculo”, explica, remarcando la importancia de la formación pero también de la decisión personal.

Agenda en movimiento

Lejos de la quietud, su presente está marcado por múltiples proyectos: coros, bandas, grabaciones y presentaciones en distintos espacios culturales. Una dinámica que refleja tanto la diversidad de su propuesta como la necesidad de moverse constantemente para sostenerse.

En cada escenario, sin embargo, mantiene una misma impronta: una música latinoamericana, con fuerte presencia de voces femeninas y una sensibilidad atravesada por lo colectivo.

Entre canciones como La Llorona o repertorios de autoras latinoamericanas, Kando Vargas construye un camino propio. Uno que combina formación, territorio y comunidad, en un intento por sostener el arte no solo como profesión, sino como forma de vida.

Compartimos la charla y la música en el vagón de La Leñera:

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