Productores e instituciones trabajan para demostrar las características que distinguen al melón lavallino y fortalecer su identidad productiva, cultural y territorial
El melón es mucho más que uno de los principales productos agrícolas de Lavalle. Forma parte de la identidad del departamento, de su cultura y de la historia de numerosas familias productoras. Con ese punto de partida, productores e instituciones vienen desarrollando un proceso para poner en valor el melón lavallino y avanzar hacia la obtención de una Identificación Geográfica (IG) que permita diferenciarlo en los mercados.
El pasado 14 de agosto se realizó la tercera jornada de este proceso, impulsado desde el espacio del Consejo Local Asesor y acompañado por instituciones vinculadas al sector productivo. La propuesta busca reunir los conocimientos y experiencias de quienes producen el melón en el territorio con herramientas que permitan caracterizar y demostrar científicamente sus particularidades.
Mariana Díaz Valentín, jefa de la Agencia de Extensión Rural de INTA Lavalle, explicó que la iniciativa surgió a partir de una demanda planteada por el sector productivo.
“Uno de los temas que venía surgiendo de hace tiempo era poder poner en valor uno de los productos más emblemáticos que tenemos en el departamento, que es el melón”, explicó.
Mariana aclaró que la valorización no se limita a conseguir un sello de calidad. También implica recuperar y articular dimensiones gastronómicas, culturales e históricas que durante años estuvieron presentes en Lavalle, pero muchas veces de manera dispersa.
Un melón ligado a su territorio
Uno de los principales desafíos del proceso consiste en demostrar qué hace diferente al melón producido en Lavalle respecto de otros que se cultivan en Mendoza y en distintas provincias.
Para Díaz Valentín, la respuesta está en la combinación entre el producto, el territorio y el saber acumulado por las familias productoras.
El melón rocío de miel que se cultiva en Lavalle desarrolla determinadas características a partir de las condiciones de suelo, clima y agua del territorio, pero también de las prácticas y conocimientos construidos por los productores a lo largo de generaciones.
“Es el producto en sí, vinculado a un territorio determinado que tiene sus características ambientales y climáticas, y también a unas características culturales, a este saber hacer que viene a lo largo de la historia”, explicó.
Esa combinación es justamente uno de los elementos centrales de una Identificación Geográfica: demostrar que determinadas características de un producto están vinculadas con el territorio donde se produce.
Los primeros paneles sensoriales realizados permitieron identificar diferencias que los propios productores y consumidores locales reconocen en el melón lavallino. Entre ellas aparecen una dulzura particular, una acidez característica y un aroma más marcado.
Ahora el desafío consiste en transformar ese conocimiento en información que pueda ser documentada y presentada ante las autoridades correspondientes.
Para eso, durante las próximas temporadas se continuará trabajando en la caracterización del producto mediante parámetros como color y grados Brix, además de estudiar las condiciones ambientales del territorio y las distintas etapas del proceso productivo.
Un producto que también construye identidad
La valorización del melón no se agota en sus características productivas. La historia del departamento está atravesada por este cultivo y su presencia aparece también en distintas expresiones culturales.
Díaz Valentín mencionó, entre otros ejemplos, la Fiesta del Melón y la Sandía y la presencia histórica del fruto en los carros vendimiales de Lavalle, donde los melones aparecen como parte de una identidad propia.
“Todo eso, estas expresiones culturales de la historia, dan cuenta de la importancia que tiene el melón para nosotros, no solamente como producto de los productores locales, sino también como identidad de la comunidad”, afirmó.
De esta manera, el proceso de valorización busca articular dimensiones que habitualmente se abordan por separado: producción, territorio, cultura, gastronomía, historia y turismo.
Un proceso que recién comienza
Aunque la jornada del 14 de agosto fue la tercera realizada desde el inicio de la iniciativa, desde INTA remarcan que todavía se trata de una etapa inicial.
La planificación contempla nuevos encuentros aproximadamente cada dos meses para avanzar en las diferentes etapas necesarias para formular la presentación de la Identificación Geográfica.
Además, cuando comience la próxima temporada, prevista para diciembre, se realizarán nuevos paneles sensoriales y degustaciones para continuar caracterizando el melón lavallino y compararlo con producciones de otros territorios.
Las jornadas también funcionan como espacios para abordar problemáticas comunes de la producción. Durante los encuentros aparecen temas vinculados, por ejemplo, a enfermedades como el virus del melón, que pueden convertirse en puntos de trabajo conjunto entre productores e instituciones.
Para Díaz Valentín, ese intercambio es uno de los principales aportes del proceso
“Creo que nos nutre también el mismo proceso. Surgen puntos que son para trabajar y problemáticas comunes, y también oportunidades de trabajo conjunto entre los productores y las instituciones”.

