El Encón, 25 de Mayo, San Juan entre las calles polvorientas, el viento del campo y el sonido de la radio con música folclórica, Lidia Moyano ha pasado casi toda su vida sentada frente al telar, hilando no solo lana, sino recuerdos y tradición. Con 89 años y más de siete décadas dedicadas al oficio, su nombre suena hoy más allá de su distrito gracias a los premios y reconocimientos que ha cosechado por su trabajo artesanal.
“Yo aprendí de chica, cuando mi mamá dormía la siesta le sacábamos un poquito de lana a escondidas para practicar”, cuenta entre risas. Así, jugando y ayudando en el campo, fue naciendo una artesana. Las ovejas, las cabras y la vida rural fueron su escuela. Aprendió a esquilar, a lavar con lejía hecha del humo de las ramas, a teñir con plantas como la espina blanca, y a hilar hasta que el hilo quedara justito para tejer.
Una vida entre animales y lana
La vida en El Encón siempre fue de trabajo duro. Había que cuidar animales, traer agua del pozo, caminar kilómetros hasta la ruta para tomar el colectivo. “Muchas veces salíamos a pie y si se pasaba el colectivo, nos volvíamos a la casa”, recuerda. Pero aunque el día fuera largo, siempre había un rato para el tejido.
Con las manos curtidas y el ojo fino, Lidia hacía alforjas, ponchos, pulóveres. “Las alforjas las prefería la gente de campo para llevar la mercadería. Todo a mano, nada de máquinas. Y los tintes eran naturales, explica.
A los 16 años empezó a vender sus trabajos. Al principio para vecinos y conocidos, hasta que sus piezas empezaron a viajar más lejos.


El primer premio
En 1980, la invitaron a una exposición en la municipalidad. Fue la primera vez que mostró su trabajo fuera de su comunidad. “Ahí me dieron el primer premio en artesanías. Para mí fue una alegría enorme, no solo por mí, sino por hacer quedar bien a mi pueblito”, dice con orgullo.
Ese fue el comienzo de un camino que la llevó a ferias y exposiciones de todo el país. Su telar llegó incluso a la Sociedad Rural en Palermo, Buenos Aires. “Me decían que era difícil, pero yo decía: de alguna forma voy a llegar. Y llegué, y quedé en los primeros lugares”, recuerda.
Con el tiempo, también recibió reconocimientos en Catamarca y otros lugares.
Acá algunos de sus premios desde 1980 – 2025











Tejer es vivir
Para Lidia, el tejido es mucho más que un trabajo. “Es un vicio bueno. Te ponés a tejer y no pensás en problemas. Yo con mi radio, la música folclórica, y las manos ocupadas… así se me pasa el día”, cuenta.
Su vida estuvo llena de responsabilidades: cuidar a su madre, criar animales, atender niños y hasta acompañar enfermos. Muchas veces caminó kilómetros bajo el frío o el calor para conseguir medicamentos. Pero nunca dejó el telar.
El reconocimiento más reciente
Este año, Lidia volvió a recibir un premio importante. “Es la alegría más grande que te reconozcan el trabajo. Cuando termino una pieza, siempre levanto las manos y le doy gracias a Dios. Es una satisfacción personal y también por mi distrito, porque uno deja bien representado el lugar donde vive”, afirma.
Lejos de guardarse ese orgullo, lo comparte con su gente:
“Le dedico este reconocimiento a mi querido distrito de El Encón. Es una alegría representar a mi gente y que sepan que desde acá, en el medio del campo, también se pueden hacer cosas grandes”.

Tradición que sigue viva
Aunque hoy es más fácil conseguir lana lavada y teñida, Lidia mantiene su forma de trabajar. “Antes todo era mucho trabajo: esquilar, lavar, secar, escardar, hilar… pero así se aprende a valorar cada hebra. Ahora es un alivio, pero igual hay que hilarla y darle el grosor justito”, explica.
A pesar de sus 89 años, sigue sentándose frente al telar todos los días. “Yo no me canso, me gusta. Y mientras pueda, voy a seguir. Porque en cada tejido va un pedazo de la historia de uno”, dice, con la mirada fija en las hebras.

En El Encón, todos saben que las manos de Lidia Moyano guardan el ritmo de una vida entera de trabajo y paciencia. Y aunque sus piezas viajen lejos, siempre llevan la marca de su tierra, su viento y su gente.
Porque Lidia no solo teje lana: teje memoria, comunidad y orgullo sanjuanino.
Ella, sigue tejiendo con la misma pasión que tenía a los 16. Su vida es un puente entre generaciones, un ejemplo de que la tradición puede mantenerse viva y fuerte.
En un mundo donde todo se hace cada vez más rápido, su historia recuerda que el verdadero arte necesita tiempo, dedicación y amor. Y que en cada pieza que sale de sus manos hay no solo hilo y color, sino también paisaje, recuerdos y la voz de una mujer que nunca dejó de creer en su oficio.