El Mundial ya se vive en las casas de todo el mundo, pero sobre todo en las casas de gobierno, o como me gusta decirles, “el hogar de todos pero sobre todo las oficinas de los presidentes de cada país”. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no fue la excepción a la fiebre mundialista y desató su pasión por la pelota.
En una de sus ya tradicionales conferencias de prensa se puso a divertir a propios y extraños con sus destrezas con el balón. En un saque de arco rápido para iniciar un contraataque, disparó violentamente la pelota hacia la multitud de periodistas ensobrados que la escuchaban, con la mala suerte (negligencia o dolo, la justicia lo determinará) de que la caprichosa (la pelota, no Sheinbaum) alcanzó a una periodista que quiso anticipar y fue derribada por la fuerza del disparo de la primera mandataria.
Quizás los nervios, la impericia o la distracción hicieron el resto. Se abalanzó desesperadamente hacia el esférico provocando su caída estrepitosa frente a todos sus colegas, pero además quedando casi imposibilitada de seguir las alternativas de lo que allí sucedía.
Porque no hay tiempo para débiles
La presidenta optó por un chequeo rápido de la salud de la periodista y continuar con la acción: no iba a caer en el juego de la prensa que bien sabemos que muchas veces se tira a hacer tiempo y en realidad está fingiendo.
Aprovechando estar con uno más, optó por un lateral rápido y largo. Un lateral que recuerda a aquel recordado lateral del Cholo Simeone contra México en la final de la Copa América 1993, jugada que a la corta le diera un título a nuestra selección relegando al segundo puesto al equipo mexicano. No cuesta imaginar que una pequeña Claudita Sheinbaum a la tierna edad de 31 añitos estuviera viendo esa final, inscribiendo para siempre en su memoria aquella jugada que hoy la muestra a ella como protagonista.
La pregunta queda resonando: ¿fue el pelotazo de Sheinbaum un ataque deliberado a la libertad de prensa? La respuesta es casi inevitable: no. Pero esto recién empieza.