Mariana Herrera Rubia: desobedecer el mandato del horror

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Mariana Herrera Rubia es ex hija de un genocida. Hoy docente jubilada y militante de Derechos Humanos. En esta nota recorremos su trayectoria y su proceso.

A cincuenta años del Golpe Cívico-Militar-Eclesiástico del 24 de marzo de 1976, dialogamos con Mariana Herrera Rubia, docente jubilada y militante de Derechos Humanos. Mariana es ex hija del genocida Héctor Edgardo Lanza —fallecido en 2018— quien se desempeñó como inspector de la Policía de Mendoza, con funciones en la Comisaría 7ª y en el Departamento de Investigaciones D2, uno de los principales centros clandestinos de detención durante el terrorismo de Estado.

Mariana fue la primera persona en la provincia de Mendoza en modificar su documento de identidad para desvincularse legal y simbólicamente de su progenitor, en un acto profundamente político y reparador.

Militar la memoria, transformar el dolor

Durante años, Mariana acompañó a las Madres de Plaza de Mayo en las rondas de los jueves. En la actualidad integra el nodo de Abuelas de Plaza de Mayo que funciona en el Espacio para la Memoria ex D2, lugar que fue centro del horror y hoy se resignifica como espacio de vida, memoria y lucha colectiva.

Descubrir la verdad

Mariana supo que su padre había participado del golpe de Estado cuando tenía 23 años. Si bien conocía su pertenencia a la Policía de Mendoza, desconocía su participación directa en secuestros, torturas, desapariciones forzadas y otros crímenes de lesa humanidad.

La violencia no le era ajena: la padeció en carne propia durante las visitas de Lanza al hogar donde ella vivía junto a su madre. Ese sufrimiento, sumado al conocimiento de su accionar represivo, fue gestando un quiebre profundo.

“El motor fue el sentimiento de no pertenencia”, relata. La filiación era apenas biológica: los apellidos se heredan, las conductas no. No quiso —ni pudo— cargar con la identificación de hechos aberrantes. La ruptura debía ser total.

Un gesto político que habilitó la palabra

Un hecho político resultó decisivo para que Mariana pudiera hablar públicamente: cuando Néstor Kirchner ordenó bajar los cuadros de los responsables de las Juntas Militares en el Colegio Militar de la Nación. Ese gesto simbólico abrió una puerta: poco después, Mariana inició el trámite de desafiliación del apellido paterno. Más tarde, la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final profundizó ese camino de verdad y justicia.

Redes que sostienen

Durante años vivió en silencio. Denunciar era imposible: las leyes y las fuerzas de seguridad protegían tanto la violencia de género como los crímenes de lesa humanidad. El acompañamiento terapéutico fue fundamental para desarmar culpas ajenas y asumir que no debía responder por los actos del represor.

Su compañero, Fabián Plaza, sus hijos y su familia fueron su primer sostén. A ellos se sumaron amistades y compañeres entrañables: Estela Tortolini, Eduardo Morales, Marta Babillón, Alfredo Guevara, Violeta Ayles y la Agrupación Hijes – Mendoza.

Luego de una ronda de Madres, Fernando Rule la contactó con un abogado para iniciar la desafiliación. También destaca el gesto amoroso de Graciela Ledda, ex presa política, quien reunió en su casa a dos ex hijas de genocidas: Liliana Furio y Mariana.

Historias desobedientes

Durante el gobierno de Mauricio Macri comenzaron a alzarse, desde distintos puntos del país, las primeras voces de ex hijas e hijos de genocidas. Así nació el colectivo Historias Desobedientes.
Por la distancia geográfica, Mariana no pudo integrarse plenamente. En una Feria del Libro conoció a Mariana Dopazo —ex hija de Etchecolatz— quien le facilitó material y contacto con otras compañeras. Hoy milita junto a otras mujeres de manera autónoma, asumiéndose colectivamente como ex hijas de represores.

Cada historia es singular. Algunas heridas son perpetuas. Mariana se planta con firmeza en el rechazo absoluto a los crímenes cometidos por su ex padre: secuestros, torturas, asesinatos,

Hablar para que otras puedan hacerlo

Aún hay hijas e hijos de represores que no han podido denunciar. Para Mariana, lo más peligroso es quedar atrapadas en el miedo, la culpa y la manipulación emocional. A quienes se animen, les asegura que no estarán solas: existe una red de contención, amorosidad y acompañamiento profesional, articulada con los Derechos Humanos.

Juicios, infancias y futuro

Lanza fue imputado en el Décimo Tercer Juicio por crímenes cometidos en el D2. Aunque falleció antes de la sentencia, el juicio oral y público continúa. Próximamente comenzará también el juicio por los crímenes contra las infancias en dictadura, una nueva instancia en la que Argentina vuelve a sentar jurisprudencia internacional en materia de Derechos Humanos.

Mariana reconoce en las Madres una enseñanza indeleble: luchar siempre, como sea. Celebra también la aparición de la agrupación Nietes, integrada por jóvenes que buscan a sus abueles y militan desde la memoria activa.

Una exigencia final

Antes de despedirse, Mariana deja un mensaje urgente y colectivo:

  • “Que digan dónde están”,
  • “Que rompamos las barreras del individualismo”,
  • “Hoy nos están matando con otras herramientas”.

Porque la memoria no es pasado: es presente y es disputa.