En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, Claudia Motta Wernicke, psicóloga a cargo del Programa de Abordaje a la Problemática del Suicidio en Mendoza, destacó la importancia de romper con los prejuicios, prestar atención a las señales de sufrimiento y construir redes de acompañamiento.
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una fecha que busca poner en agenda una problemática de salud que atraviesa a personas de todas las edades y que, según advierte Claudia Motta Wernicke, psicóloga a cargo del Programa de Abordaje a la Problemática del Suicidio, requiere ser abordada desde una perspectiva integral y comunitaria.
“Es una problemática creciente”, señaló durante una entrevista radial con «Entre mate y mate», y explicó que en los últimos años se observa una preocupación particular por la disminución de las edades en las que aparecen autolesiones, pensamientos de muerte e ideas de quitarse la vida. Según indicó, desde 2023 se registran cada vez más muertes por suicidio y la mayor frecuencia se presenta entre personas de 20 a 39 años, aunque también existe una incidencia importante en adultos mayores.
Para Motta Wernicke, el suicidio no puede explicarse a partir de una única causa ni como un problema exclusivamente individual. En las situaciones de mayor sufrimiento pueden confluir distintas condiciones sociales y subjetivas, entre ellas la falta de trabajo, las problemáticas de consumo, las situaciones de violencia y la precarización habitacional.
La especialista explicó que una persona puede atravesar un proceso progresivo de aislamiento y desesperanza, aunque no siempre resulte evidente para quienes la rodean. “Por ahí también hay personas que se muestran como si estuviera todo bien, entonces es muy difícil captar si tiene alguna situación de riesgo”, advirtió.
Hablar no provoca el suicidio
Uno de los principales obstáculos para abordar la problemática son los prejuicios y el temor a hablar de manera directa sobre el suicidio. Frente a esto, Motta Wernicke fue contundente: preguntar no induce al suicidio. “No le doy la idea, no le induzco al suicidio, sino que la persona se puede sentir menos estigmatizada porque se puede hablar y empezar a pedir ayuda”, explicó.
La profesional recomendó prestar atención a cambios repentinos de conducta, como el aislamiento de una persona que anteriormente era extrovertida, una tristeza persistente o modificaciones importantes en sus vínculos y actividades. Pero aclaró que estos indicadores no significan necesariamente que exista riesgo de suicidio: son señales que pueden llevar a acercarse y preguntar cómo está la persona.

Ese acercamiento, sostuvo, debe realizarse desde la escucha y sin juzgar. Frente a expresiones de sufrimiento no ayudan frases destinadas a minimizar lo que la persona siente, como “tenés toda la vida por delante” o “mirá todo lo que hacen tus padres por vos”. “Todo esto no sirve, todo lo contrario, la persona se va a cerrar más, va a sentirse culpable”, explicó.
En cambio, propuso acompañar desde un lugar respetuoso: “Te acompaño a pedir ayuda”, “si querés empezamos a tratar de…” o simplemente transmitir que se está disponible para escuchar. “Empezar a poner algo de palabras a la angustia sirve para ordenar algunas cuestiones, para empezar a buscar una resolución posible que tal vez en el aislamiento solamente pensamos en una sola oportunidad de salir de ese sufrimiento”, expresó.
Prevenir desde nuestros vínculos
La prevención, para Motta Wernicke, no se limita a detectar a quien está sufriendo. También implica revisar las formas en que nos vinculamos con otras personas. En ese sentido, llamó a prestar atención a situaciones de discriminación y violencia cotidiana. Comentarios racistas, machistas o discriminatorios pueden profundizar el aislamiento de quienes ya atraviesan situaciones de sufrimiento.
“Es muy importante tener en cuenta que nosotros también podemos, sin querer, violentar con algunos comentarios”, señaló. Por eso, consideró fundamental construir espacios donde las personas puedan sentirse escuchadas y respetadas. “Mostrarnos abiertos a que cualquier persona pueda venir a pedir acompañamiento”, planteó.
La especialista remarcó además que el aislamiento no siempre es consecuencia de una decisión individual. Muchas veces, la vergüenza, el miedo o la tristeza hacen que incluso pedir ayuda requiera un esfuerzo que la persona no está en condiciones de realizar. “Justamente la voluntad, incluso para pedir ayuda, es lo que está más afectado cuando hay tristeza. A veces mucho miedo, hay mucha vergüenza”, explicó.
Adolescencias: escuchar antes de juzgar
Durante la entrevista, Motta Wernicke puso especial atención en las adolescencias y en la necesidad de que los adultos recuperen su capacidad de escucha. “Los adolescentes no están confiando en nosotros”, afirmó, y llamó a revisar ciertos discursos que suelen responsabilizar a las propias juventudes por las dificultades que atraviesan.
Frente a expresiones como que los adolescentes “no toleran la frustración”, que son “la generación de cristal” o que pasan todo el día con el celular, propuso preguntarse qué situaciones están viviendo y qué herramientas tienen para afrontarlas.
La especialista sostuvo que las pérdidas, las separaciones, las situaciones de violencia, la discriminación y otras experiencias pueden generar momentos de vacío y desorientación. Frente a eso, planteó que la respuesta no debería ser simplemente buscar una forma inmediata de anestesiar el malestar. “Tenemos que hablarlo con alguien de confianza, encontrar a alguien”, sostuvo.
En este punto también señaló que el uso excesivo de pantallas, el consumo de sustancias u otras conductas pueden generar cierto alivio momentáneo, pero no necesariamente resuelven aquello que provoca el sufrimiento. “Nos da cierto alivio, pero no nos resuelve nada”, resumió.
La comunidad como espacio de prevención
La prevención también requiere recuperar los espacios comunitarios y fortalecer las redes que rodean a las personas. Motta Wernicke destacó experiencias de mesas intersectoriales y diagnósticos comunitarios, donde quienes habitan un territorio pueden identificar colectivamente los problemas y también los recursos disponibles. En las escuelas, por ejemplo, propuso escuchar a los propios estudiantes. “Si hay que trabajar con adolescentes no es nada sin los adolescentes”, afirmó.
A través de los centros de estudiantes, delegados y delegadas de curso, pueden aparecer situaciones que muchas veces permanecen ocultas: violencia en los hogares, pérdida de trabajo de los padres, bullying, discriminación o presiones que generan ansiedad.
La propuesta es que las comunidades puedan reconocer sus propios “activos en salud”: una salita, un club, un espacio deportivo, actividades artísticas, organizaciones y otros lugares donde construir vínculos y desarrollar proyectos colectivos. “Empiezan a reconocer activos en salud para promover aquello que tiene que ver con el propio deseo”, explicó.
Dónde pedir ayuda
Ante una situación de sufrimiento, una persona puede comunicarse con el 148, opción 0, disponible las 24 horas, donde se brinda orientación y acompañamiento desde equipos especializados en salud mental.
En el caso de niños, niñas y adolescentes, está disponible la línea 102. Frente a una situación de urgencia o emergencia en la que exista un riesgo inmediato para la vida, corresponde comunicarse con el 911.
Motta Wernicke también remarcó que, ante una situación de riesgo, es posible acudir directamente a la guardia hospitalaria más cercana. Allí debe realizarse una evaluación por parte de un equipo interdisciplinario, independientemente de que la persona tenga o no obra social.
La prevención, finalmente, no comienza solamente cuando aparece una situación de emergencia. También se construye en los vínculos cotidianos, en la posibilidad de preguntar, escuchar y acompañar.
“Todos podemos pasar por una sensación de vacío”, señaló la especialista. Y frente a esos momentos, dejó una idea que atraviesa toda la entrevista: “La sugerencia es agarrarlo, habitarlo, empezar a hablar”.
Compartimos la entrevista completa: