Salud mental adolescente: “no hay que cerrar el diálogo cuando un pibe dice que se siente mal”

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La preocupación por la salud mental de adolescentes y jóvenes volvió a instalarse con fuerza en la agenda pública luego de lo sucedido en Santa Fe. En ese marco especialistas advierten sobre la necesidad de escuchar, habilitar la palabra y fortalecer las redes comunitarias para prevenir situaciones extremas.

La psicóloga Claudia Motta Wernicke, referente del Programa de Abordaje a la Problemática del Suicidio de la Dirección de Salud Mental y Consumos Problemáticos del Ministerio de Salud y Deportes de Mendoza, señaló, en diálogo con «Entre mate y mate», que el suicidio, o dar muerte a otro, debe comprenderse como una forma de violencia, ligada al sufrimiento psíquico y a la dificultad de procesar lo que se siente: “muchas personas se terminan quitando la vida para quitarse ese sufrimiento”. En ese sentido, vinculó estas situaciones con una época marcada por la inmediatez y la dificultad para tolerar frustraciones, diferencias o tiempos de elaboración. Según explicó, en las adolescencias el suicidio es hoy la primera causa de muerte, incluso por encima de siniestros viales u homicidios, mientras que la mayor frecuencia se registra alrededor de los 20 años. Frente a este escenario, planteó una pregunta central: “¿qué hacemos los adultos?”.

El impacto de la pospandemia y la lógica del consumo

Motta Wernicke reconoció que la pandemia funcionó como un punto de quiebre social y subjetivo. “Lo tenemos como un hecho histórico internalizado: esto fue antes o después de la pandemia”, sostuvo, al tiempo que explicó que en la pospandemia se hicieron más visibles factores de vulnerabilidad preexistentes como el desempleo, la precarización habitacional y el aumento de los consumos problemáticos.

Pero amplió la mirada más allá de las sustancias: “no es solamente el consumo de sustancias; consumo el celular escroleando, consumo relaciones tóxicas, consumo un montón de otras situaciones que están vinculadas a desaparecer como sujeto”. Para la psicóloga, se trata de formas de “taparse” frente a la angustia, sin detenerse a pensar qué se necesita realmente.

En esa línea, insistió en que la clave preventiva está en construir tiempos para comprender antes de actuar, en una sociedad que exige respuestas inmediatas y castiga la tristeza, el enojo o la vulnerabilidad.

Adultos afectivos, pero no siempre instrumentales

Uno de los pasajes más potentes de la entrevista aparece cuando describe cómo viven esto chicos y chicas. La especialista sostuvo que muchas veces las juventudes reconocen amor en sus adultos cercanos, pero no encuentran en ellos herramientas concretas de ayuda. “Son adultos referentes afectivos, pero no instrumentales. Sienten que no les pueden pedir ayuda, sienten que no los van a comprender”, explicó.

Allí apuntó contra una reacción frecuente en familias y entornos escolares: minimizar el malestar adolescente. Frases como “pero te vas a sentir mal por eso” o “eso es típico de la adolescencia” pueden cerrar una oportunidad decisiva de escucha. “Es una oportunidad de oro que se pierde”, remarcó, y propuso reemplazar consejos rápidos por preguntas abiertas: “¿en qué te puedo ayudar?”, “gracias por confiar”, “sigamos hablando”.

Para Motta Wernicke, lo importante no es tener una respuesta inmediata sino sostener la conversación y validar el padecimiento.

Hablar de suicidio no induce: alivia

Otro de los mitos que la profesional buscó desmontar es la idea de que preguntar sobre suicidio puede inducir la conducta. “Es todo lo contrario, no le vamos a dar la idea”, afirmó. Por el contrario, explicó que poner en palabras pensamientos de muerte o autolesión alivia, desestigmatiza y permite acompañar mejor.

Incluso sugirió que familiares, docentes o amistades puedan preguntar directamente, con cuidado y empatía, si la persona pensó en lastimarse o siente que la vida perdió sentido. Lejos de ser riesgoso, eso abre una puerta para intervenir antes de que el sufrimiento avance. “Empezar a hablar es la única manera de empezar a intentar resolver aquellas situaciones que lo aquejan”, sintetizó.

Redes, escuelas y políticas públicas: el desafío pendiente

Desde su rol institucional, la psicóloga reconoció que todavía “falta muchísimo” para fortalecer la prevención en escuelas, municipios y territorios, aunque destacó la conformación progresiva de equipos en distintos departamentos. El trabajo, explicó, se organiza en tres ejes: prevención, asistencia y posvención, este último vinculado al acompañamiento de familias y allegados después de una muerte por suicidio.

También remarcó la necesidad de que Mendoza adhiera plenamente a la Ley Nacional de Prevención del Suicidio y subrayó que el abordaje no puede recaer sólo en Salud: “salud no puede todo, educación no puede todo”.

Por eso insistió en fortalecer las redes comunitarias e institucionales y en comprender que el padecimiento psíquico también está atravesado por condiciones materiales como la falta de trabajo o la precariedad habitacional.

Dónde pedir ayuda

Motta Wernicke recordó que ante situaciones de crisis se puede llamar al 148, opción 0, disponible las 24 horas, donde orientan sobre cómo acompañar a una persona en sufrimiento. También niños, niñas y adolescentes cuentan con la línea 102, mientras que ante emergencias se debe acudir al 911.

Como mensaje final, dejó una definición tan simple como urgente: “lo básico y prioritario es saber escuchar a los pibes y no cerrar diálogos”.

Compartimos la entrevista completa con la psicóloga:

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Y recomendamos el documental «Fijar dato: prevención del suicidio adolescente» realizado por nuestros colegas de Unidiversidad: