Mario Hernán “Panza” Videla, campeón de la Copa Libertadores en 1985 con Argentinos Juniors, eligió Lavalle para esta etapa de su vida y volvió al fútbol desde la formación.
En Villa del Parque, Godoy Cruz, había una cancha de tierra. Ahí empezó todo. Todas las tardes, invierno o verano, el potrero reunía a los chicos del barrio y también a “los del bosque”, como les decían a los que vivían detrás. Entre ellos, un nene que ya llevaba el fútbol en la sangre: Mario Hernán “Pancita” Videla, tomando el apodo de su padre.
Hijo de un ex defensor central de Gimnasia y Esgrima de Mendoza, Videla creció viendo a su padre jugar y escuchando consejos que marcarían su carrera. A los 12 años ingresó a las inferiores del Lobo. “En Gimnasia salí campeón en todas las categorías, de octava a primera”, recuerda, en diálogo con El Despertador. Debutó en primera en 1980, casi por obligación contractual: si no jugaba antes de los 18 quedaba libre.

Volante central desde la octava hasta la reserva, un cambio de posición terminó siendo decisivo. “No te voy a poner de cinco”, le dijo el “Negro” Arrieta, técnico en ese momento. Lo ubicó por el costado. “Me terminó haciendo un favor”. Allí empezó a moldearse el jugador que luego daría el salto al fútbol grande.
En 1982 estuvo una semana en Rosario Central, pero no superó la revisión médica: “el médico dice que no, asesora al presidente, que no me compre por que tengo problemas en la rodilla derecha”. Otro favor que le hicieron. Meses después, junto a otros mendocinos, viajó a probarse a Argentinos Juniors.
Quedó en un equipo que estaba en plena construcción y que terminaría marcando una época: “cuando Argentinos se estaba armando, en el 83, vino Labruna y trajo la base de de River, y todos esos jugadores, estaba ‘Jota Jota’ López’ Galetti, el ‘Pato’ Fillol, Commisso, Pavoni”. Ese plantel del “Bicho” en 1984 fue campeón local y en 1985 alcanzó la cima de América al ganar la Copa Libertadores.
La final ante América de Cali (Colombia) se definió en un tercer partido en Asunción del Paraguay, y luego en los penales. Videla tenía 22 años y le tocó ejecutar el último disparo. El caos previo fue parte de la escena: algunos compañeros ya estaban festejando, ya el árbitro dio por terminada la serie de penales antes de tiempo, con una atajada magistral del arquero Enrique Vidallé. Pero faltaba que pateata el “Panza”, así es que luego de arreglada la confusión el estadio entero estaba pendiente de un remate que parecía no llegar nunca.

“Estuvimos como 40 minutos hasta que me tocó patear”, cuenta. Mientras sus compañeros daban la vuelta olímpica hasta mitad de cancha, él todavía no había ejecutado. La hinchada de Argentinos se había ubicado detrás del arco. Silencio, tensión, una carrera corta. “Un penal es un penal. No importa lo que estés jugando. El asunto es no errar”. Lo convirtió y selló la historia.
Aquel equipo es, para él, el mejor en el que jugó. “Por todo lo que se ganó y por la forma en que se jugó”. Estuvo cerca incluso de integrar el plantel argentino rumbo al Mundial 1986: la duda de Bilardo era él o el “Negro” Enrique. Al parecer, Maradona, con quien el Panza compartió algunos partidos en Argentinos (en “picados” informarles, estando el Diego ya en Europa) “tenía un preferido” que no podía bajarse del plantel mundialista: Ricardo Bochini. Así fue que por priorizar al “Bocha”, Videla se tuvo que quedar. Con el ídolo de Independiente, el “Panza” mantiene una amistad hasta el día de hoy.
Ese mismo año Argentinos disputó en Tokio, la final de la copa intercontinental frente a la Juventus de Platini y Laudrup. A pesar de arrancar ganando, y tener una ventaha parcial en el complemento, el partido terminó empatado en 2 tantos. Esta vez los penales no acompañaron al “Bicho” y la “Juve” se llevó la copa.
Tras su paso por Argentinos, su carrera continuó en el exterior. Fue campeón en 1987 con Millonarios de Colombia, en un club que llevaba más de una década sin títulos. También jugó en Perú, Canadá y otros destinos, siempre sosteniendo el mismo estilo: dominio, pegada y visión de juego. “La técnica es para toda la vida”, afirma, y recuerda aquella escena en la que su padre lo encontró pegándole a una pelota de medias en la habitación y decidió enseñarle durante un mes los fundamentos básicos. “Si lo aprendés, es de por vida”, le dijo.






Ya retirado, tuvo experiencias como entrenador en Mendoza, Uruguay y Chaco. En Montevideo trabajó en formativas y fue parte de un proceso que terminó con el ascenso de un club y la proyección de juveniles a la selección uruguaya.
Desde diciembre de 2022 vive en Gustavo André, donde lo llevó esas cosas del amor. Se sumó al Club Social y Deportivo “El Quince”, donde tomó la cuarta división tras la salida del técnico. “Faltaban tres fechas y me hice cargo”, cuenta. Lejos del ruido de los grandes estadios, el campeón de América volvió al barro.
Con la rodilla castigada y ya sin patear penales decisivos, el “Panza” observa, corrige y transmite. Del potrero a la gloria continental. Y de la gloria a una cancha de Lavalle, donde la pelota sigue rodando.