Y un día, el chip adentro de la pelota tocó a nuestra puerta

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Allá por la década del ’90 esperábamos hasta las 22hs para que el monopolio televisivo de los goles nos mostrara 70 minutos del aburrido 0-0 entre Boca e Independiente y 10 minutos del resto de los partidos en los que se habían marcado 23 goles y había no menos de 50 situaciones de gol más. Nos fuimos acostumbrando a ese formato en el que el relator canchero le hacía bullying al cronista de campo de juego y jugaban con el contraste entre el relator chabacano y gritón, y el comentarista serio y analítico.

Y un día ese programa de tele nos presentó el “telebeam” como gran adelanto tecnológico. Las jugadas dudosas, sobre todo aquellas en las que el offside nos hacía dudar de la validez de una jugada, empezaron a pasar por el tamiz de ese “adelanto” tecnológico que consistía en reemplazar la imagen televisiva de jugadores, balón y campo de juego, por su equivalente digital. Así de un día para el otro el futbolero empezó a creer (el futbolero siempre elige creer en lugar de reventar) en los dibujitos de unos muñecos más parecidos a los playmobil que al equivalente antropomórfico de los jugadores, que al posicionarlos en el campo (también virtual) junto al playmobil del rival y trazar una línea; nos decían con “exactitud” si el delantero había estado habilitado o no o a qué velocidad había atravesado la atmósfera un pelotazo.

Ha pasado mucha agua bajo ese puente seguramente roto entre la virtualidad y la realidad. Y ya no sólo se usa esa tecnología para mostrarnos a los crédulos espectadores lo que pasó o debería haber pasado; con la llegada del futuro que por efímeros instantes supo ser presente, la tecnología comenzó a utilizarse para decidir la suerte de nuestros gladiadores modernos ahí en la Arena; bah en el pasto.

Primero vinieron a tocarnos la puerta con la multiplicidad de cámaras y no le dimos importancia, luego tocó el reloj del árbitro para determinar si el balón traspasó una línea y no dijimos nada, luego el VAR y el VAR semiautomático llamaron a la puerta del vestuario y tampoco nos preocupó, hasta que llegaron la medición de la biometría de los jugadores para precisar su posición en el campo, y finalmente el chip dentro de la pelota para poder medir si la misma es desviada por el contacto con un jugador (el “electrocardiograma”), y ya no quedaba nada de nuestro querido fútbol a salvo de la falsa ilusión de seguridad; la falsa creencia de que lo decidido por los árbitros es lo correcto y que esa decisión está respaldada por la tecnología.

Pero no nos engañemos, o mejor dicho no nos dejemos engañar. Todo ese biribiri tecnológico está implementado primero y aplicado después, por el hombre (y todavía muy pocas veces por la mujer). Entonces toda esta parafernalia infernal sólo viene a legitimar las decisiones muchas veces erróneas (a veces no intencionadas a veces sí) de los árbitros, muchos de los cuales toman sus decisiones a kilómetros de donde han sucedido las acciones que ellos juzgan, encerrados con el aire acondicionado, sanguchitos y coca de la sala VAR. Así nos toca ver líneas sospechosamente torcidas respecto a las líneas del campo para decidir una posición adelantada, líneas derechas pero un balón que aún no ha sido tocado ni salido del pie del pasador; chips que dicen que un balón ha sido tocado pero la cámara nos muestra que nunca cambió la forma de girar en el aire. El Mundial nos muestra la imagen digital de jugadores corriendo a la par, para convencernos de que una jugada fue o no fue fuera de juego a la vieja usanza del telebeam, pero hay veces que la comparamos con la imagen real y no nos parece tan parecida.

¿Hacia donde vamos? ¿Robots referís que no sean influenciables por presiones externas? No estaría mal; pero…cuánto hay de ahí a que el fútbol sea directamente jugado por robots que son juzgados por robots?

Algunos jugadores ya miran con desconfianza al noruego Erling Haaland con sus movimientos mecanizados, temen que estén tocando a su puerta.