LA MEMORIA, LA ESCRITURA

Imagen de Radio La Pujante
Reflexión escrita por Brian Sanjurjo

El escritor y etnólogo maliense, Ahmadou Hampaté Bá, una vez dijo que: “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde; toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel.” Es increíble, para mí, que en ésta lacónica frase se pueda comprimir, con sabia elocuencia, el valor de la memoria. 
En la historia de la humanidad, la invención de la escritura es al artificio que nos salvó del olvido, permitiéndonos avanzar en la cadena de la evolución, hasta hoy aspirar a incursionar por ese infinito espacio en donde moran las estrellas y orbes inexplorados. Pero, antes de eso, todo el conocimiento de una persona quedaba a merced de los caprichos de la memoria, la cual, a veces sin éxito, se trasmitía de generación en generación gracias al lenguaje oral. Sin embargo, eso no impedía dolorosas pérdidas, ya que, por desgracia, nunca ha existido alguien que recuerde detalle por detalle cada una de sus vivencias; y, por otro lado, con la llegada de la muerte, gran parte de sus saberes adquiridos por la experiencia se perdían en el pavoroso abismo del olvido sin retorno. Y quizá algunos se pregunten qué consecuencias puede tener la eliminación del pasado; por qué es tan necesario rubricar la historia y resguardarla de corrosión del tiempo. Para responder a ese interrogante paso a citar un adagio que se le acredita a Napoleón, que advierte que “Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Hoy, cuando han pasado casi cuarenta años desde la finalización de la última dictadura militar en nuestro país, a nosotros, herederos de aquel tiempo desgraciado, no se nos está permitido el olvido. No podemos andar por las calles como unos desmemoriados, ajenos a ese pasado atroz en donde miles de inocentes se atrevieron a ser valientes con el fin de alzar la voz contra un gobierno tirano que secuestró, encarceló, torturó y asesinó a numerosas personas que hasta el día de hoy a muchas de ellas se les desconoce el paradero. 
Siempre se ha dicho que es en los tiempos adversos cuando se demuestra de qué estamos hechos; que es en la mala hora donde se ve hasta dónde estamos comprometidos con nuestras ideas, y lo que haríamos con tal de defenderlas. No sé hasta qué grado nuestro presente, en comparación con los tiempos de la última dictadura, es mucho más calmo, sin embargo, es innegable que nosotros somos afortunados por tener el derecho de poder protestar contra todo aquello que nos parece inaudito o que va en contra de nuestros valores e ideales. Acción que, dentro del duro régimen de aquel gobierno de facto, se las tomaba como subversiva, y se reprimía sin piedad. Entiendo que es evidente, pero no puedo dejar de recalcar que nosotros, luego de permanecer encerrados meses por una calamitosa pandemia, somos poseedores de una libertad, que muchas veces parece caer en el libertinaje. Por eso, incito a que reflexionemos sobre el uso que hacemos de nuestra libertad (si es que la usamos); si en verdad comprendemos el valor que tiene, si entendemos que es un derecho que no se le niega a nadie, y que busca como fin un mundo en donde la diversidad cultural prolifere sin represión ni discriminación. Para muchos les sonará como una de las tantas utopías que ha labrado la esperanza humana, pero soy partidario de la idea de que es necesario creer en algo para avanzar, sin dejar de ser optimistas y realistas. Además, no negamos que sin el respeto por el otro decaemos en un egoísmo que no tarda en desembocar en la supresión violenta. Por fortuna, la lectura tiene la ventaja de alimentar la empatía. Con el sencillo acto de leer tenemos la oportunidad de vivir miles de vidas a parte de la que cargamos día a día. Asimismo, con tan solo hojear las páginas de la Historia podemos trasladarnos a diversas partes del mundo, y movernos como viajeros del tiempo por el pasado, y hasta ser más conscientes de nuestro presente. (El mismo sortilegio sucede con la Literatura.)
Esperanzado, creo que ninguno de los que estamos aquí presentes padecemos de una amnesia voluntaria, e ignoremos el dolor de las víctimas, de los desaparecidos y de las madres y padres que lloraron y continúan llorando la pérdida de sus hijos. Hoy por hoy, nosotros, para poder recordar, tenemos que investigar, recorrer los libros de nuestra historia Nacional y Latinoamericana; esos libros que aún continúan manchados con la sangre de miles de inocentes. Y después de eso, nos queda un acto más. Desde nuestro lugar, desde nuestro arte, trabajo y forma de vida, nos toca gritar a viva voz: “NUNCA MÁS”.